En Chiclana, a diez minutos caminando del gimnasio donde imparte clases –sin renunciar por ello a su carrera de entrenador– y a otros diez en coche de la playa. Así vive Moisés Arteaga (Cádiz, 01-06-1969), protagonista de algunos de los años más brillantes del Espanyol. No en vano, como capitán alzó la Copa del Rey de 2000. Pero antes también participó en otro encuentro para la historia, el llamado ‘partido del exilio’, en que el equipo perico certificó ante el Oviedo una cuarta posición y su acceso a la Copa UEFA jugando como local en la Nova Creu Alta, el lugar al que volvieron también con la Copa Intertoto y al que regresan este fin de semana para visitar al Sabadell, contra el que no se miden oficialmente desde 1990.

Tuvo su miga aquel compromiso, que se disputó allí a raíz del cierre de Sarrià después de que el árbitro Juan Manuel Brito Arceo recibiera el impacto de una mandarina, y que tuvo que suspenderse en primera instancia por una enorme tromba de agua. Finalmente, el 8 de mayo de 1996, y con dos goles de Jordi Lardín, más los de Ismael Urzaiz, Boran Bogdanovic y Víctor Manuel Torres Mestre (5-0), se desató la euforia entre una escuadra perica que, con José Antonio Camacho al frente, pasaba en solo tres años del pozo de Segunda a Europa.

Hablamos de aquel Espanyol-Oviedo en la Nova Creu Alta, pero el origen se sitúa casi tres meses antes, en un partido contra el Atlético de Madrid en Sarrià, por una mandarina que impactó en el muslo del árbitro, Brito Arceo.

Recuerdo obviamente la sanción, pero creo que fue al final del partido, de modo que no fuimos conscientes de lo que sucedió. De lo que sí me acuerdo perfectamente es de las consecuencias que acarreó, con el exilio en Sabadell y una multa para el Espanyol.

Lo que también recordará de aquel Espanyol-Atleti es que López le rompió un pómulo…

Sí, es verdad. Iba el balón por otro lado y Juanma López sin venir a cuento me pegó un codazo y me rompió el arco zigomático. Me dijo el médico que me podía haber partido la mandíbula perfectamente. Me tumbó. Ahí la gente se caldeó porque no hubo ninguna sanción, ni tarjeta y ni siquiera amarilla, y supongo que en ese ambiente cada vez más encendido vendría luego lo de la mandarina.

Lo alucinante de ese choque contra los colchoneros es que fue la primera derrota del Espanyol en Sarrià en 16 meses y que ustedes alcanzaban la jornada 27 con opciones de ser campeones, tal cual.

Yo creo que es el mejor año que hemos tenido. El equipo iba como una moto. Lo bueno cuando te metes arriba es que los demás equipos te acaban cogiendo respeto, que no salen igual al campo. Eso te beneficia. Ese año salía todo bien, estábamos peleando por seguir arriba, sí es verdad que en el entorno se llegó a hablar de ganar LaLiga, pero el primer objetivo era ir a Europa.

Y lo consiguieron: a la Copa UEFA siendo cuartos. Hoy eso representaría jugar la Champions.

Claro. Hoy en día así hubiera sido, pero entonces solo iba el primero. De todos modos, para nosotros ir a la UEFA era como ir a la Champions, sobre todo sabiendo que el Espanyol no había vuelto después de lo de Leverkusen. Le teníamos muchas ganas.

El día que se certificó matemáticamente fue en el Espanyol-Oviedo disputado nada menos que en la Nova Creu Alta.

Tengo en la retina el gol de falta de Torres Mestre. Yo se la pongo. Con tanta gente que tiraba faltas en el equipo, él normalmente no lo hacía, pero me dijo ‘pónmela, que la voy a enchufar’. Fue confirmar el partido que habíamos hecho, la victoria, fue todo muy bonito.

¿Y el ambiente? Porque se le puso el cartel del ‘partido en el exilio’.

Era un partido realmente muy atípico, porque en Sabadell estábamos consiguiendo algo muy importante, ya le digo, nuestra Champions, pero parecía como si fuera un partido de Copa de Catalunya. Algo descafeinado. No fue lo mismo que si nos hubiéramos clasificado para Europa en Sarrià, pero a la vez fue como más histórico.

El público, también los jugadores, acabaron coreando el nombre de Fernando Lara.

Ese verano anterior había fallecido, siendo el ‘alma mater’ del club, porque fue quien tiró hacia adelante el tema deportivo, quien fichó a Camacho y nos trajo a Pochettino, a Iotov, a mí… Era la figura que había llevado al Espanyol a donde estaba. Por eso la dedicatoria de todos fue para él.

Llegó usted al Espanyol junto a Camacho, con el equipo recién descendido, y en menos de tres años acaban cuartos en Primera. ¿Algún paralelismo con lo de ahora?

Sí, y en la segunda temporada nos quedamos a las puertas de Europa, por un gol con el Sevilla. El caso es que son diferentes épocas. Ahora el Espanyol es el club con más presupuesto en Segunda, con un proyecto que no tiene nada que ver al de aquella época. Sí en jugadores, porque cuando llegué en 1993 sí teníamos muy buen equipo, con Francisco, los rusos, Fonseca… Era una reestructuración de la plantilla, porque había que liberar las arcas de contratos muy importantes.

No difiere tanto de la actualidad…

A nivel deportivo, entonces era un equipo potente, pero económicamente ahora el Espanyol está mucho más saneado para hacer un proyecto de ascenso. Este año va a ser el gallito de la categoría, en nuestra época eran varios los candidatos y nosotros no nos destacamos hasta la segunda vuelta. Ahora tiene poderío, nosotros estábamos endeudados y lo lógico es que hubiéramos salido mal parados.

Así, ¿ve más o menos asequible el ascenso?

Hay mucha competitividad y muchos ex de Primera. Va a depender de la adaptación de los jugadores, que sepan que están en Segunda y cambien el chip. No hay otra. Ser el equipo gallito, con grandes sueldos puede dar una perspectiva a los jugadores de que irán sobrados, pero no es así porque la Segunda es muy difícil. Cualquier equipo te supera, y se gana a balón parado porque muchos rivales se encierran atrás. Si los jugadores se adaptan, el Espanyol no tendrá problemas por la calidad de la plantilla. Pero que no piensen que está chupado.

Perdone el atrevimiento, pero ¿puede que sea la Segunda más difícil ahora que en su época?

Totalmente. Vi mucho al Cádiz la temporada pasada por razones obvias. Y, al margen de ellos y de Huesca y del Elche de nuestro Pacheta, que subieron, estaban Zaragoza, Tenerife, Girona, Sporting… Ahora hay fácilmente seis o siete equipos que tienen un proyecto para subir. En aquellos tiempos había tres.

Ha mencionado al Cádiz, el otro equipo de sus amores. Es el destino demasiado esquivo a un Espanyol-Cádiz en Primera, ¿no?

Mire, eso es algo que ya viví en mis propias carnes cuando jugaba. Yo no hubiera podido venir al Espanyol si el Cádiz no baja, pero la paradoja fue, en esa temporada en Segunda, que me tuve que despedir de mis amigos en Sarrià, consumando el ascenso perico a Primera y el descenso del Cádiz a Segunda B. Se metió en el hoyo. Ahora es todo lo contrario: baja el Espanyol y sube el Cádiz. No sé si pasará lo mismo que hace 26 años, porque el Espanyol tiene un gran presupuesto, mientras que el Cádiz apenas se ha reforzado, Negredo y poco más, y no tiene una garantía de mantenerse. Está condenado a sufrir. La única vez que hemos coincidido fue en el cruce de la Copa de hace un par de años. Veremos qué sucede en esta apasionante temporada.


Source: AS Segunda

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Arteaga: “En Sabadell logramos ir a nuestra Champions”
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